
Fue así como me sentaste en el borde de la cama a tu lado y, mientras me besabas apasionadamente en la boca, yo aún con las tetas, bien tiesas, orlando mi escote y las piernas sobre la cama, comenzaste a meterme mano levantando mi falda. Me tocabas dulcemente las nalgas desnudas, puesto que, como ya he dicho, no llevaba ropa interior alguna más que las medias, y te detenías a acariciar una y otra vez la nalga derecha en las proximidades anales, pero no terminabas nunca por llevar tu deseada mano hacia esa zona o hacia la próxima raja de mi sexo, que rezumaba ya lubricación de puro deseo encendido. Siempre están con eso de que las mujeres necesitamos preliminares, pero yo lo que quería, lo que ansiaba, era que acariciases de una vez la raja de mi culo y de mi coño y que introdujeras tus dedos en mi ano o en mi vagina dulcemente perfumada por la humedad que de ella brotaba con profusión. Tenía el clítoris erecto y duro como la pepita de un melocotón, esperando que me lo refrotases con tus dedos, que me pajearas salvajemente antes de que me lo comieras, (otra cosa que no dejaba de desear). Toda yo eran ganas irrefrenables de ser tocada, manoseada y masajeada, chupada, mordida y follada…
¡Qué ganas tenía, madre mía, qué ganas! Que ahora hasta me sorprendo de lo cachonda que estaba, como una perra en celo, de lo mojada y ansiosa porque me lo metieras todo dentro, hasta que me reventases de placer con ese pedazo de polla que tienes…¡ay!
Y tú nada, impasible, acariciando suavemente mi nalga y yo con unas ganas locas de ser penetrada por lo que fuese, tus dedos, tu polla, tu lengua o cualquier otra cosa, incluso me apetecía que me introdujeses objetos inanimados, tal era mi calentura y el nivel que había alcanzado mi libido ante tu sola presencia. Y vas y me espetas: “tranquila, mi vida, que esto es amor y no sexo”. Increíble, un macho brioso como tú, que te has cepillado decenas de hembras de lo más buenorras… y vas y refrenas mis más bajos instintos… Pero sí, mi cielo, he de reconocer que lo nuestro era y es amor, pero no por ello exento de un deseo sexual furibundo, de esos que queman cuando no se les apaga de un manguerazo bien dado…
Y así seguimos un rato, tú acariciando y yo aguantándome las ganas de desabrocharte el pantalón y meterme tu polla de lleno en la boca y empezar a mamártela como si estuviese más hambrienta que una náufraga, pero allá que me contuve por quedar bien y no desentonar en aquella nuestra primera cita. Ahora, eso sí, cuando ya me quitaste el vestido y me viste completamente desnuda, el que ya no pudo resistirse fuiste tú y me metiste dos dedos en mis partes, uno en el coño y el otro en el culo, los dos a la vez y comenzaste a meterlos y a sacarlos y a follarme con ellos y tras eso ya vino comerme el chocho de aquella manera como nunca me habían comido: de arriba abajo y después en circulitos y después succionando el clítoris hasta fundirse en tu boca y…y todo fue una completa locura hasta que me empalaste con esa verga de tamaño descomunal que sólo tú posees y eso, eso y las embestidas bestiales de las que fui objeto, me hicieron alcanzar de una vez por todas, las estrellas…
Gracias por tan tremenda corrida, amor mío, nunca experimenté con ninguno de mis anteriores amantes orgasmos tan intensos. Como contigo, con nadie, con nadie, eres el mejor amante que nunca he tenido, el mejor, sin posible comparación. Sólo me pone triste saberte ausente, mi cariñito…